sábado, 15 de octubre de 2016
lunes, 19 de septiembre de 2016
El hombre salvadoreño
El Salvador es una belleza trágica, con una cantidad de
personas o cosas agolpadas, que con los sismos geológicos todo lo destruye.
Siendo una faja estrecha de costa, barrida por el mar en una tempestad fuerte
del Pacífico, sus características no son propias de la costa, sino la que a la montaña
definen de frente y de perfil. Todo se halla cultivado, de punta a punta del
país y por dondequiera se contemplan cumbres volcánicas, tan altas como el
cielo. En las zonas bajas, se ven
colinas azules, que se yerguen en puntas de pie para mirar por encima del
hombro a los sembrados. Por dondequiera rumorean lagos, ríos y arroyos, que
como enloquecidos y aquietados, por entre barrancas cortadas a pico, o por
entre frescas ensenadas, para reunirse en las claras barras de los ríos mayores
o en los azules remolinos del océano. Las gentes ensimismadas y como
anochecidas en las canciones tristes, permanecen en sus casas tan pobres,
bajando al pueblo solo en días de mercado. Trabajan la tierra de sol a sol, y
desconfían de los políticos como de sus peores verdugos.
Más que hombre político, el salvadoreño, es hombre económico.
La mujer madura en su responsabilidad, trabaja más que el hombre. Unos y otras
viven de puertas para adentro, en apretada vida de familia, casi pudiéramos
decir en haz de clanes. Profundamente individualistas, su orgullo estriba en
ser las artífices de su propio trabajo. Temperamentos místicos e introvertidos,
viven para adentro, desdeñando las exterioridades burocráticas. Se aíslan en sus propios grupos,
o en sus reducidas casitas en el campo, dispersas por dondequiera, en las
laderas, sobre las salientes más escarpadas y hasta en las cumbres volcánicas,
casitas con rosales, generalmente con penumbrosos corredores, adornadas con
papeles de tono brillante, estampas de santos, macetas de geranios o claveles y
grupos familiares. Hasta en San Salvador se nota esta propensión a diseminarse
por los cerros, a aislarse una vez terminado el trabajo, calando el propio
inconformismo, a la manera de los mineros; viven para y en el trasmundo auscultándose
de continuo la soterrada inquietud, hasta habituarse al silencio y a los
coloquios con largas pausas, como si fuesen rumiando las palabras.
Difícil le es al salvadoreño salir de la sombra a la luz.
Cuando sale lo hace tatuado de desconfianzas, de reservas mentales, con la
soledad puesta en agua cargada de sal, Impermeable al trato con los demás, sin
que esto signifique negativa a las prácticas cordiales, practica la buena
acogida por condición de alma, y por el orgullo de que las gentes de fuera lleven
excelente impresión de su tierra. De corazón generoso y mano abierta, su
actitud es la propia del hombre cuya raíz descansa en tierra geológicamente
sometida al martirio, hundida y lacerada por sismos e inundaciones, sintiendo
cada vez más en lo hondo, los pavorosos estremecimientos de las rocas heridas.
Cuando el salvadoreño se decide a salir del pozo de su alma,
del pozo tremendo de su ser que pugna por expresarse, lo hace con una honradez
sostenida por barro y cañas, aun cuando socavado quién sabe por qué azares, en
sus diálogos con reservas, casi diríamos soliloquios compartidos, parece que le
cuesta encontrar los términos adecuados, y los encuentra al fin con una pauta
de cansancio y un dejo de escepticismo.
Es el salvadoreño un hombre subterráneo. Para llegar a él,
hay que bajar a lo invisible. En buena parte práctica deportivamente el
alcoholismo, porque el alcohol lo libera de lo que lleva dentro, de lo que es
la sustancia misma de su drama. En el fondo, lo mismo le da el trabajo que la
muerte. El, se siente un desesperado que agoniza, aun cuando no lo consideran
así los sociólogos y revolucionarios de superficialidad zoológica.
Prefiere el salvadoreño una muerte apasionada y leal a una
vida de acomodamiento y deslealtad.
De ahí que sus canciones, las raras veces que canta, sean
canciones de nostalgia. Su espíritu lo recata a la impudicia de los cuatro
puntos cardinales, y su misterio, su vivir considerado como una realidad
absoluta, se lo entrega, con un encogimiento de hombros, a los coyotes hambrientos
de reputaciones.
Sabe del alma humana, porque se ha identificado íntimamente
con la realidad a su alrededor, con el silencio y porque prefiere los animales
a los hombres.
En su desvalimiento cursa la validez y sufre la desventura de
ser hombre de expresiones mutiladas, hombre al que niegan políticos y sociólogos,
pasto de los comedores de carroña de la prensa, víctima de agitadores
profesionales, atacado desde niño por la dura ley del trabajo, perseguido desde
que su madre era grávida por la emoción y la tentativa de explorar el misterio,
que lo acompañan como una cicatriz.
Ser que, a través del mutismo y del silencio, va tacteando en
busca de su expresión eso y no otra cosa es el salvadoreño. Aún en el caso en
que, bajo el punto de un régimen dictatorial, parezca doblegarse, no se rompe.
Su silencio nunca es conforme, sino máscara de la fatalidad histórica, máscara
que encubre su explotar atento, apasionado, de su universo interior. Hombre
frugal, aun cuando se evada por intermitentes explosiones dionisiacas, no envidia las
riquezas que se acumulan en torno a él. Su pobreza, su ensimismamiento, le
endurecen, le disciplinan. Su vida es combate y vencimiento. Tiene la tierra de
su alma y espera en la confianza de que día llegará en que tenga la tierra de
su trabajo. No se la quitarán! Para cuando llegue ese momento se ha puesto a
madurar en su interior. Su resistencia tiene mucho de semejante a la ley de la
inercia. La patria de cañas y barro, la patria material de costa brava y café
maduro, la patria de los cerros con maíz blanco y mazorcas de maicillo, la va
fertilizando con sudor y sangre, la ablanda en el duro combate con las materias
volcánicas, y en un silencio que es biombo de su disconformismo tenaz, la forja
en el infortunio, porque sabe que el infortunio a su vez, acabará
convirtiéndose en la conquista de su fortuna.
El reflujo del salvadoreño es el del hombre invisible: el
reflujo que va de fuera adentro. Por un admirable poder reaccional, cuando se
le tiene por más acallado, cuando se le considera que permite, es cuando se
reanima, cuando eruptivamente surge de los fondos más obscuros de la masa
soñolienta que se va alterando día a día, en el fermentarlo de su
disconformidad sometida a grandes presiones, en el respaldo nunca apagado, que
en vez de morir se alimenta en la prohibición y la derrota. Si ahora vive sus
tiempos de pobreza, mientras de él se nutre el enriquecimiento de una treintena
de familias, que entre sí procuran darse el jaque de la política, es la
emulación y la cólera lo que mantiene la energía moral del pueblo. Y ese
pueblo, que suscribe un finalismo un tanto cándido, subraya la necesidad
histórica de bastarse a sí mismo, de forjarse y pulirse la paciencia, incubando
la pasión y madurando la desesperanza.
El hombre salvadoreño ha sufrido tanto con los contactos
foráneos, se encuentra tan empeñado en un combate con la naturaleza y tan
obligado a irlo creando todo, que por instinto ha acabado convirtiéndose en un
hombre de orden; de orden en la naturaleza, no de orden en el Estado, a cuyas
actividades vuelve la espalda con un encogimiento de hombre desdeñoso. Siente
que vive, de modo casi exclusivo, para el trabajo, y en el trabajo se aísla de
manera patética. Sus vínculos, más que con las otras gentes, los tiene para con
la tierra. Enraizado al paisaje, su emotividad reacciona seria y
dramáticamente, porque el espectáculo de las cosas es igualmente serio y
dramático. Así lo ven labrando las sacudidas volcánicas.
El salvadoreño va debatiéndose con su dintorno físico en una
doble imagen: esa tierra de fondo pugnal y el fuego subterráneo se extiende
limitada ante él, y su presencia
protagónica le impele hacia la voluntad de dominio o hacia el complejo
de aniquilamiento en la dramática y constante proyección de su vida.
Miren, pues, como la
historia de este pueblo, en lucha con los volcanes, constituye la
historia progresista de un debate en que el hombre, librado a las fuerzas de la
naturaleza, va, poco a poco, labrando su conciencia y se vuelve a la tierra en
un apuro raigal y se
refugia en la soledad y el silencio, porque las palabras no le sirven de medida
y va obteniendo una cierta índole plástica y fervorosa del ser, por cuyo medio,
superando el complejo dramatismo de las partes de su contorno , se va
elevando, jadeante, a una unidad obtenida por las pasiones del alma, el
sentimiento de la sangre y la expresividad del conocimiento propio.
jueves, 11 de agosto de 2016
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ESTRELLA
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Encerrado
tras los nevados de la cumbre del Altiplano, todas las mañanas despierta una
ciudad, a los pies de su guardián. El Illimani siempre solemne, guarda la
memoria de todos sus habitantes; padre, juez, verdugo, mendigo; imagen viva
para los que viven en la ciudad y muerta para los que solo están de paso. Lo
primero que se ve al bajar a la hollada son sus tres lluchitos nevados
coronando sus tres picos. Cualquier punto es perfecto para contemplarlo cada
mañana, ver convertirse sus sombras en colores dulces; amarillos, rojos, lilas.
Estrella, con sus ojos de huérfana, cada mañana sale al puente de las Américas
a ver nacer el sol y también sin querer a contemplar la belleza del Illimani.
Estrella,
una de las tantas escorias de la vida, olvido de la humanidad, vive junto a sus
tías Ana de 19 y María de 15 años. Su tía Miriam está en la cárcel, porque fue
pillada robando en la feria de las mañaneras, las frutillitas la llevaron
detenida, después de que una comerciante la pescara en pleno acto; desde
entonces, nunca tuvo audiencias ni prorrogas y la metieron a la cárcel de
mujeres de Obrajes. Ana trabaja de bailarina en un tabledance ilegal de la América,
ahí es conocida como Afrodita, por el lunar en el labio superior derecho y otro
en el cuello. De carácter frio y austero sabe cómo ponerles los puntos a los
borrachos que frecuentan el burdel y es con la misma fiereza con la que trata a
su hermana y sobrina. Ambas aguantan los malos tratos, porque quieran o no, Afrodita
es la que aporta más económicamente en ese hogar. Ella soporta su vida de
bailarina de cabaret, por que consume las drogas baratas que entra legalmente al
burdel, aborto unas dos veces, y ya no puede sangrar con la luna llena de cada
mes. En sus delirios sueña con ser bien, tener casa, poder estudiar, vivir al
lado del Trujas, su amor imposible, sueños de toda clefera de ciudad. Ambas tías
se vieron en la necesidad de clefear a la niña, para aguantar tiempos hostiles,
cuando falta dinero para comida o para soportar el terrible frio de la hollada.
María es la que pasa el mayor tiempo con Estrella, de oficio ladrona y una de las
más finas, enseño los artes del hurto a la pequeña y le hace trabajar con ella,
mientras Estrella se para a llorar en alguna de las puertas de los grandes
edificios de la zona Sur y espera a que algún incauto se acerque para
consolarla, su tía aprovecha la distracción para robar la cartera, la maleta o
la billetera. María es de carácter alegre y suave; una sonrisa dura forzada por
los tratos de la vida, es su carta de presentación para cualquier paco que la
quiere frejar, se vio en la necesidad de hacer pequeños trabajitos, para cubrir
los gastos de la familia, después de que su hermana mayor, Esmeralda falleciera
en el momento de dar a luz a su sobrina. De dimensiones pequeñas es conocida
como la Pulga, es ella quien cada 3 o 4 meses lleva a la niña al centro de salud
para recoger pastillas y hacerle revisar, pero la burocracia, su mal olor, el
poco dinero que lleva, su poco vocabulario y el hecho de que es necesario saber
leer y escribir impiden que se le trate bien.
Con
ojos pequeños y sonrisa lánguida, Estrella ve al mundo decepcionada, a su corta
edad ya conoce a la ciudad en su faceta más cruda, imágenes fugaces de robos
callejeros, peleas, asesinatos y una que otra violación en los callejones
perdidos de la ciudad, son fantasmas que la sacuden de susto en sus pesadillas
mas tétricas; ya tiene la picardía de toda vagabunda, tiene el vocabulario
reducido, torpe y vulgar, mañuda desde que aprendió a hablar y razonar, sabe
cómo conseguir lo que quiere, se dio
cuenta que las lágrimas es una buena arma para chantajear a cualquier
extraño o amigo; de tez blanca, labios gruesos, cuerpo de cal, sabe que está
enferma, pero no sabe la gravedad de su enfermedad. Sus días favoritos son los
domingos que junto a su tía María baja a la iglesia de San Miguel a escuchar
misa y pedir limosna, ella se atavía con su único vestido y zapatitos blancos,
se lava y peina. Le gusta bajar por que ve familias felices entrando a la
iglesia y niñas limpias, sonrientes, caminando con juguetes nuevos. Cosas que
ella quisiera tener.
Así
pasan sus días, con los malos tratos de su tía Afrodita, los cuidados de la Pulga
y una bomba del tiempo en su cuerpo a punto de estallar.
Ya
es julio, la ciudad se afana con los preparativos de las fiestas julianas, el
frio se hace sentir con más intensidad, ya se registraron temperaturas bajo
cero, que se llevaron por hipotermia a varios amigos de la Pulga, el Meñique y el
Tijeras, amanecieron escarchados de frio en alguna plaza de Sopocachi, se
terminaran de descomponer en la abarrotada morgue, en la sección de
desconocidos, serán almas en pena, sin tener a nadie que lloren por ellos. Las
epidemias de gripe e influenza ya comenzaron y no tardan en llegar a Estrella.
Contrajo un resfrió algo sin importancia al principio. Ella ya había pasado
antes por hongos, infecciones, inflamaciones, nada memorable, pero aun nadie se
explica cómo logro sobrevivir a tanto, tal vez sea por el amuleto que su madre
le dejo antes de morir o por sus ansias de vivir y algo de su ignorancia. Pero
esta vez es distinto, su tía Afrodita no quiere dar dinero para pastillas, y su
tía María no puede conseguir mucho sin la ayuda de Estrella.
El
día que las estrellas decidieron salir a hacer compañía a la luna llena de
julio, y el viento quiso abrigar a la ciudad y Estrella quiso subir al cielo, pasó
algo así.
En
la choza bajo el puente de las Américas llamada el Hueco, por los cleferos del
centro, la anfitriona favorita es Afrodita, ella deja quedarse a sus amigo por
días, pasándola bomba, entre soldaditos, tiner y un poco de la blanca
conseguido en la Sagarnaga, los tres platos de plásticos son suficientes para
servir comida a unas 10 personas y la caldera abollada sirve para preparar la
sopa, como para calentar agua. Las dos camas sacadas del basurero son las
únicas sillas, donde todos descansan echados o sentados. El lugar es turbio,
oscuro y frio, pero se convierte en el mejor lugar para pasar algunas noches frías
de La Paz.
Es
víspera del 16, el desfile de teas ya comenzó, la ciudad en pleno
congestionamiento, no sabe lo que se desata bajo del puente de las Américas, en
el Hueco, Estrella está humeando por la fiebre, delirando con el sueño que últimamente
tenia, ese, donde ella puede volar y ve a su mami junto con ella. El resfrió
que cogió según se sospecha es de la anterior semana, cuando volvía junto con
su tía a su casa después de la feria de la 16, en plena lluvia. María logro
comprar algunas pastillas, pero no es sufriente para este resfriado; ese día Afrodita
durmió todo la tarde, porque noche antes tuvo una jornada muy movida y estaba
cansada; la despierta los ruidos que su hermana mete al salir y entrar de la
choza, en la cama continua, la pequeña Estrella yace por la fiebre, el mate ni
la pastilla que tomo hacen efecto. Afrodita despierta de mal humor, inhala un
poco de clefa, busca algo para comer en la única olla que tienen y ve a la niña
tirada en la cama. Se ríe, sabe que de esta no se salva. Llega María y empiezan
a discutir; María llora, implora por un poco de dinero, y Afrodita feliz de que
por fin se haga realidad su deseo, sale victoriosa de su casa, rumbo a su
trabajo, María sin saber qué hacer, lo único que se le ocurre es ir a pedir
limosna con la niña en brazos, a ver si alguien la compadece y la ayuda. Desecha
la idea de ir a algún centro de salud, sabe que en esos lugares de caras no
aceptan personas greñudas, con olor a clefa y sucias; además que no sabe leer
ni firmar, condena de todo vagabundo del tercer mudo. Envuelta en la manta de
Barbie, regalada por otro clefero, María envuelve a la niña y sale con ella en
brazos.
La
ciudad esta agitada por el desfile de teas, las calles más llenan de lo común,
es una esperanza para que María pueda conseguir dinero. No puede evitar no
llorar, entre sollozos y lágrimas, pide ayuda para salvar a su nena, camina por
el centro paceño, pidiendo limosna a cada persona que pasa a su lado; mujeres
envueltas en abrigos de pieles, hombres con gabardinas directamente importados
de Francia, jóvenes con chalinas y guantes traídos desde la china, cholitas con
mantas caras y polleras vistosas, todos, absortos en sus propios problemas,
perdidos en mundos imaginados, para ser más soportable la existencia en la
tierra. La humanidad no tiene tiempo para velar por una pobre huérfana nacida con
sida. Nadie se percata de la pobre mujer, parece que es invisible, se siente
cada vez más pequeña de lo que es; joven, señorita, caballero, señora, ayúdeme,
ayuda. Implora con la mano extendida y los ojos vidriados porque consumió
clefa, única manera de soportar el frio de esta noche. Se acerca a ella un
paco, este la hecha con una amenaza, un perro le ladra, un hombre la empuja,
cada vez más desgraciada la pobre, reniega contra la vida que le toco vivir a
ella y su nena. Llega a la plaza Mayor, se
sienta. La alegórica noche contrasta con la desgracia de la niña, ve la iglesia
cerrada, un niño bailando en pleno centro de la plaza, piensa en robar el
sombrero del muchacho con algunos centavos ya ganados, escucha risas del público
de un doncito que imita las tonterías de los hombres, parejas en pleno beso, familias
felices saliendo del mercado después de cenar, uno que otro mendigo igual a
ella, gringos intentando pedir algunas monedas a cambio de chucherías hechos por
ellos mismos. Se pone a caminar sin saber a dónde o porque, la nena sigue
ardiendo en fiebre, dormida o tal vez desmayada, ya no hace caso a la voz de su
tía, con los ojos cerrados parece una muñequita, por primera vez ante los ojos
de su tía parece de porcelana, la piel pálida hecha de cal, los labios rojitos
como cereza, por el chupete que se lo barbo antes de la fiebre, los cabellos delgados
y largos como de ángel, caen a su espalda y a cada lado de la cara, enmarcando
su rostro, a la luz de la luna parecen de cobre, la nariz pequeña, perfecta,
las orejas rojitas por el calor, tiene el rostro sereno, parece muerta, pero
aun siente su respiración, suave, porque ve como se mueve un cabello que cae hacia
su nariz; no sabe a qué plaza llego, pero de fondo se sigue escuchando el
desfile y el bullicio que las personas meten por esta noche. Se sienta en el
piso, cantando la nana que suele cantarle a la niña, ya no tiene lagrimas que
llorar, no siente frio, aunque estemos a 5°C bajo cero, la clefita que tenía en
su bolsillo la hicieron entrar en calor. Intenta despertar a la niña, pero ella
no quiere, busca sus manos, están frías, son tan pequeñas, sucias, las uñas
largas le dan apariencia de manos de vieja, su ropita es la misma que usa desde
hace un mes, y sus zapatitos roto de tanto usar ya casi no tiene suelas, sabe que
a un vive porque siente su corazón palpitar. Acaricia el amuleto que su mami le
dejo antes de su muerte, un collar, con una imagen de la virgen de Copacabana y
piensa que por eso logro sobrevivir hasta
esas alturas… recuerda el día que nació la niña, detrás del mercado la Bolita,
la promesa incumplida que le hizo a su hermana, vuelve a sentir la misma
tristeza del día que Esmeralda murió y los pacos se la llevaron ya muerta al
depósitos de cadáveres, mejor hubiera estado en el basurero.
Ya
es media noche, el Illimani, es solo una sombra de fondo, está feliz, sus
carcajadas, es frio que abraza a la ciudad; en su aliento, arrulla a la niña por
primera y última vez; aunque no esté enterado de los pormenores, sabe que ella
ya no volverá a saludarla cada mañana, ni se crispara en movimiento telúricos,
cuando ella, en su voz de gorrioncillo repita su nombre.
…Llueve,
muy despacio, casi nadie lo siente, raro, es una lluvia tibia, cálida, no
parece triste la escena, es feliz…
…Estrella
ya no sufrirá más…
domingo, 7 de agosto de 2016
El Salvador hace algún tiempo
EL SALVADOR HACE ALGÚN
TIEMPO
El Salvador es una faja estrecha en que la costa poblada de
manglares, levanta su nivel hasta convertirlo en un erizamiento de volcanes.
Faja estrecha, de cara al Océano Pacífico, en la que los
fuegos subterráneos afinan sus explosiones y derrumbes. Más que ninguna otra
región del planeta. El Salvador ha sido y es constantemente labrado por
energías plutónicas.
La Geografía del país —enclavado entre Guatemala, Honduras y
Nicaragua—ostenta pronunciado carácter generacional. Allá todo está en
principio y movimiento constante y el lago de hoy es un cráter de mañana. De
punta a punta del territorio se levanta un engrosamiento de volcanes, entre los
que se destaca el Izalco, el San Salvador, el de Santa Ana, el de San Vicente y
el de San Miguel. Siendo esta la zona del fuego, es también la zona de los
cultivos. Hasta el borde de los cráteres apagados o hasta los linderos de lava
donde se extienden las fajas simétricas de las cenizas y achicharradoras, ha
ido trayendo una rica tierra vegetal—islas desérticas de lava—como por
contraste con el verdor de la tierra, cultivada hasta en su más ínfima
partícula.
El Salvador, geológica e históricamente, es uno de los países
más antiguos de la tierra. Según Francisco Gavidia (historiador) fue esta la
probable cuna de las civilizaciones indígenas de América.
Los actuales indios son descendientes de los Toltecas, de los
Mayas y los Lencas. En su mayoría y bajo el atuendo iconográfico católico, las
figuras heroicas de Quetzalcóatl y Kukulkan, aun superviven bajo las oscuras
capas del inconsciente colectivo…la cultura del maíz continua siendo la cultura
de las actuales generaciones.
Pero no todo es indio en El Salvador. Un treinta por ciento
es indio puro, un cincuenta mestizo y un veinte por ciento blanco. Los
españoles llegaron en 1524, al mando de Pedro de Alvarado, el más cruel e
inescrupuloso de los conquistadores. . . En Acajutla, en las proximidades del
actual puerto, después de salvar un sinnúmero de dificultades y atravesar ríos,
en varios de los cuales mando construir puentes que fueron asombro de los
indios, don Pedro de Alvarado, al enfrentarse a las tropas de Atlacatl, recibió
la herida que lo dejo cojo para el resto de su vida.
Afianzado el poderío español sobe pipiles, mames, zutuhiles y
lencas, El Salvador formo parte de la Capitanía de Guatemala, desde 1543.
Treinta años más tarde tuvo su primera Imprenta —vio transcurrir su existencia
hasta 1811, en que el clérigo José Matías Delgado, iniciador de la
Independencia centroamericana, promovió el período de las rebeldías. Fracaso
entre las fuerzas españolas y porque en México cundía entonces la reacción que
sacrificara a su modelo, Hidalgo. El segundo conato frustrado en El Salvador
fue el de 1814, obteniéndose la independencia el 15 de septiembre de 1821. Un año después Agustín de Iturbide anexó la
América Central al Imperio Mexicano, mediante el envío de hombres a las órdenes
del general Filisola. Su régimen halló duro rechazo de parte de la población
centroamericana y en 1823, después de encendido debate, la Asamblea
Constituyente acordó constituir las Provincias Unidas de Centroamérica, tomando
la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica como modelo para su
estatuto orgánico. En 1824, mucho antes que en Los Estados Unidos, Centroamérica
decretó la liberación de todos los esclavos. El primer Presidente de la
Federación fue el general Manuel José Arce.
La unidad centroamericana resulto pasajera.
Hubo que someter a los caudillos regionales y darle vida real
al pacto federativo y a las Leyes de reforma: esa fue la obra de Francisco
Morazán.
Al principio no tenía más
de dos mil partidarios fieles y su núcleo principal lo constituyeron los
salvadoreños. No obstante, y día a día, tomaban vuelo las iniciativas
separatistas, fomentadas por los elementos conservadores. —Morazán tuvo que
sofrenarlos por la fuerza y para darle mayor estabilidad a su gobierno, en 1835
trasladó la capital de Guatemala a San Salvador…
Seis años duraron las luchas por el mantenimiento del
Pacto Federal. El clericalismo, apoyando
al indio guatemalteco Rafael Carrera, asestó duros golpes a la Confederación
que fue disuelta desde 1841, fecha en que se instala el primer presidente de la
República de El Salvador. De entonces, acá, se ha vivido en una era republicana
en que las dictaduras y los cuartelazos menudearon, surgiendo caudillos
letrados como los generales Gerardo Barrios y Francisco Menéndez, y caudillos
barbaros como Malespín y Hernández Martínez. Bajo la presidencia del uno se
fundó, no obstante, la Universidad, y bajo el dominio del otro hubo de
fomentarse únicamente el terror, la ignominia y el absoluto predominio de una
treintena de familias poderosas.
El verdadero renacimiento de El Salvador data de la última
década del siglo pasado, bajo la presidencia del General Gerardo Barrios, quién
dio auge especial al cultivo del café. Sus sucesores, empezando por el
presidente Zaldívar laboraron por constituir una aristocracia cafetalera,
logrando hacer de El Salvador, un país de potentes latifundios. La historia de
los últimos años es así la historia de una contrastación entre el gran
latifundio y las pequeñas parcelas. Toda la tierra se cultivó intensamente. La
población fue creciendo de un modo arrollador. Los problemas sociales se
agudizaron año con año. Y al cese de los conflictos con Guatemala, bajo la
presidencia del Dr. Pío Romero Bosque, todo contribuía al incremento de la
riqueza material. En 1930 se funda el primer gran partido de masas; el Partido
Laborista, que bajo dirección, un tanto apostólica, de Don Alberto
Masferrer—pensador social religioso—llevó a la presidencia de la república al
Ingeniero Don Arturo Araujo, bajo cuyo gobierno se dictaron leyes contra los
latifundios y los monopolios y se comenzó la nacionalización de algunas
empresas de servicios públicos. Nueve meses gobernó a El Salvador el régimen
laborista el que fue depuesto por una
confabulación militar, que llevó a la jefatura del gobierno al vicepresidente
de la República y ministro de la guerra, general Maximiliano Hernández Martínez,
el más sombrío de los déspotas, sólo comparable con don Juan Manu el de Rosas o
con el pavoroso Juan Vicente Gómez.
Madura ya la conciencia social de las masas, en 1932 hubo un
triple levantamiento delos indios, en
defensa de su estándar de vida; de algunos
elementos laboristas, y de la fracción comunista, con núcleos exclusivamente en
la Capital. La rebelión fue debatida con el ímpetu más salvaje y las mayores
expresiones de la barbarie, alcanzando cifras que los propios datos oficiales
de 18,000 muertos pero que los observadores extranjeros aseguran que fueron
de 23,000…De esa fecha trágica, hasta su
caída en 1944, mediante una gigantesca huelga general , Maximiliano Hernández
Martínez desarrollo una política de violencia represiva, creó la Banca Salvadoreña
y la puso en manos de banqueros nazis, convirtiéndola en el instrumento de
cambio de los marcos aski para Centroamérica, y fortaleció la Industria
Cafetalera, para colocarla bajo la dirigencia de los grandes productores ítalo
fascistas. No obstante sus francas simpatías totalitarias y sus procedimientos
copiados del nazismo, el gobierno dictatorial de Hernández Martínez formó parte
del frente americano democrático, no como un gobernante responsable, sino como
un hábil comediante en busca de oportunidades.
Caída la dictadura en 1944, más por un acto de repugnancia
del pueblo que por una estructuración de la conciencia revolucionaria, las
fuerzas que dieron al traste con el dictador, se dividieron lamentablemente.
Quiso mantenerse una farsa constitucional, con la continuación de un Congreso
engañoso y un Presidente que había sido el hombre de confianza de Hernández
Martínez y así es como sube al poder el general Andrés I. Menéndez, hombre sin
voluntad, que no pudo o no quiso sacar al país de la anarquía. Depuesto por un
golpe de fuerza de los oficiales jóvenes, que se adelantaron al golpe de estado
que estaban preparando los partidarios del Dr. Arturo Romero,—hombre de gran
popularidad y verdadero candidato mesiánico—se instaura el gobierno de transición
que encabeza el coronel Osmin Aguirre y Salinas —militar a quién
enérgicamente repudió la mayoría del
pueblo—. Surge entonces una coyuntura constitucional interesantísima: el
entronizamiento de dos gobiernos: uno constituido en el exilio y que en Guatemala
encabeza el doctor Miguel Tomás Molina,
basándose en un laudo de la Corte Suprema de Justicia, y otro organizado en El
Salvador, mediante designación del Congreso, con lo que se plantea un
apasionante conflicto de poderes.
Bajo lo que se ha dado en llamar el Osminato, o sea el
gobierno del coronel Osmin Aguirre, se celebran elecciones generales, con la
renuncia expresa de casi todos los candidatos, resultando electo Presidente de
la República, para el período 1945-1940, el general Salvador Castaneda Castro,
quien tenía mayoría en los departamentos, siendo el campesinado el núcleo de su
fuerza, así como la del doctor Arturo Romero se cimentaba en el control de la
capital y en el setenta por ciento de las asociaciones de obreros. La fuerza de
choque de este líder era universitaria, siendo de notar que El Salvador es un
país esencialmente campesino y de muy débiles organizaciones proletarias.
Al general Salvador Castaneda Castro, Presidente
Constitucional desde el primero de marzo, le toco una dura tarea. Se encuentra
ante un país en fermentación, inquieto, lleno de odios y tensiones, que no
confía en sus caudillos, porque en su mayoría lo han traicionado, y que no
tiene confianza en las fuerzas opositoras, porque encuentran hombres que
durante treinta años han servido a todos los gobiernos, aun cuando ahora
dragonean de inmaculados, o con representantes de las grandes familias,
responsables directos de las matanzas campesinas o que en alguna forma
estuvieron en contubernio con el dictador, hasta el momento en que ya no
convino a los intereses oligárquicos.
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